Aquí hay gato encerrado: la vida de Benita

 

Qué malditos. Todavía me enfado cuando lo recuerdo.

Me cogieron de la calle, donde yo estaba viviendo tan ricamente. No confiaba en los humanos, aunque había algunos que eran buenos y me dejaban comida; otros me tiraban piedras o intentaban darme con un palo.
En esos casos viene bien ser un gato y poder saltar 2 o 3 metros sin inmutarte. La parte difícil es volver al suelo, pero voy a compartir con vosotros el secreto de los gatos para caerse y quedar como una rosa: dejar las patas flojas y relajarse, así cuando caes no te haces daño. He visto unos dibujos de cómo hacemos los gatos para caer de pie pero son muy difíciles de entender (pinchad aquí para verlo) porque incluye las leyes de la física. Eso lo dejo a los intelectuales.
Os he visto a usar bicis, triciclos y patinetes o incluso patines en los pies (¡qué locura! Tenéis unas ideas que me hacen reír); si me hacéis caso, podéis evitar chichones. Que me desvío del tema, la cosa es que…
Me tendieron una trampa.
Una mañana me llegó un olor riquísimo de sardinas. «Me encanta ese olor de sardinas asadas… Me pregunto de dónde vendrá».
Husmeando, vi que estaba al fondo de una especie de cueva oscura. Esto me hizo sospechar inmediatamente, por dos motivos: había aparecido de un día para otro  y al fondo del callejón vi a dos humanos que se miraban entre sí y se reían.
Rodeé la cueva un par de veces y ese olor ya me estaba nublando la vista. Vivir en la calle tiene sus ventajas porque te vas a dormir a la hora que quieres y nadie te pone normas para para madrugar o para ir a la escuela; pero nunca sabes cuando vas a poder comer y se pasa mucho frío.
Ese día, yo tenía bastante hambre y mi curiosidad venció la desconfianza que sentía. De modo que entré en la cueva y allí estaban en un platito dos maravillosas sardinas asadas que me habrían sabido a gloria si no hubiera escuchado el más terrible sonido de mi vida, un sonido que si lo oyeráis, os helaría el corazón: el de la jaula al cerrarse.
Oí como los dos humanos que estaban al fondo del callejón corrieron hasta la jaula, me levantaron y ahí se acabó mi vida vagabunda. En el orfanatorio, del que me escapé porque querían hacerme aprender a ir a recoger una pelota que tiraban y otras tonterías, aprendí a hablar el idioma de los humanos que no son muy listos porque no hablan dos idiomas a la perfección como los de mi especie.
Les expliqué de manera clara que no estaba contenta con su comportamiento y que me soltasen de una vez. Pero no me me hicieron caso.
Pero no os preocupéis, porque he acabado considerándolos entrañables proveedores de mimos y comida. Vosotros que me léeis, también estáis en ese grupo.

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